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Valle de los Caídos : les horreurs du franquisme
Article de Salomé Garcia publié dans EL PERIODICO (5-1-2005)
Les survivants des 20 000 prisonniers qui édifièrent le "Valle de los Caídos" exigent que l'on sache bien que ce sont eux qui l'ont construit.
LOS SUPERVIVIENTES DE LOS 20.000 PRESOS
QUE LEVANTARON EL LLAMADO VALLE DE LOS CAÍDOS
EXIGEN QUE SE SEPA QUE LO CONSTRUYERON ELLOS
Seulement quatre des 20.000 hommes qui furent forcés de construire le Valle de los Caidos sont toujours vivants.

La mémoire a été séquestrée durant ces 28 années de démocratie. Captive du silence imposé aux vaincus sur l'autel de la réconciliation nationale.
SALOMÉ GARCÍA
MADRID

Escultura de San Juan bajo la gran cruz del Valle de los Caídos
Sólo sobreviven cuatro. La memoria ha estado secuestrada estos 28 años de democracia. Cautiva del silencio impuesto a los vencidos en aras de la reconciliación nacional. Sólo cuatro de los 20.000 hombres que fueron forzados a construir el Valle de los Caídos siguen vivos. Han pasado tantos años que apenas dos de ellos mantienen los recuerdos nítidos y la lucidez presta para relatarlos. A todos les gustaría poder ver corregido ese canto a la memoria equivocada. Reconciliarse con la historia, reconocerse, dignificarse. No se puede perder tiempo. Los supervivientes no disponen de él. Es urgente convertir el Valle de los Caídos en un museo de los horrores del franquismo.
80.000 metros cúbicos de roca granítica arrancados para excavar la cripta. 30.000 metros cuadrados de explanada cubierta de piedra labrada. 6.000 metros de carretera esculpida en la montaña rocosa. 300 metros de altura desde la base hasta lo alto de la enorme cruz. 19 años de obra. 20.000 obreros, la mayoría presos condenados a trabajos forzados. Más de 1.000 millones de pesetas de las de los años 40.
Casi 30 años después, hasta el nombre es un agravio. Ni Nicolás Sánchez-Albornoz ni Tario Rubio hablan del Valle de los Caídos. Para ambos sigue siendo el destacamento penal de Cuelgamuros. Ellos trabajaron en él obligados. Estaban entre los vencidos.
Tario garde une cuillère. "Jusqu'à sept prisonniers ont pu manger avec elle dans la même gamelle".

Les yeux de ce républicain natif de Castellon en 1920 s'emplissent aussitôt de larmes.
Herido y prisionero
Tario tiene una cuchara. "Hasta siete presos llegamos a comer con ella del mismo rancho". A este republicano nacido en Castellón en 1920 enseguida se le llenan los ojos de lágrimas. Cayó prisionero en el frente de Aragón, herido en una pierna. Tenía 17 años y se había ido a luchar voluntario en el bando "cons-ti-tu-cio-nal", recalca. "Pasé por cuatro campos de concentración y por nueve cárceles. Y nunca perdí esta cuchara". El periplo acabó en 1941 en la prisión de Valencia. "Mis padres consiguieron un aval y así conseguí salir a la espera del juicio. Llevaba la misma ropa que cuando caí prisionero". No era, ni mucho menos, el final de su suplicio. Le esperaba un juicio militar, una condena de siete meses más... y después la mili de los vencidos: el batallón de trabajadores. "Tres años, seis meses y 17 días", detalla.
Como integrante del batallón trabajó en Cuelgamuros en 1943. "¡Cuánta hambre, nolla!". Y frío, y dolor y sobre todo miedo. El relato de este anciano es aterrador, aunque insista en destacar las anécdotas más simpáticas. "Imagínate, éramos todos muy jóvenes, ¡con lo que se come de joven! Trabajábamos 10 horas diarias. Pero trabajo duro, eh? Con las manos. Y nos daban un chusco de pan para todo el día, una de aquellas latitas pequeñas de sardinas... O un plato de lentejas". Hasta que llegaba el domingo. "Los domingos había cocido de garbanzos. Pero tenía mucha más agua que garbanzos".
Tario es optimista. Ni le tumbó el franquismo, ni los impedimentos de la dictadura para que un rojo ejerciera ciertos trabajos, ni la muerte reciente de su esposa, ni el ataque al corazón de hace un mes. AúnFoto: AGUSTÍN CATALÁN bromea. "Tengo 85 años y conservo toda la dentadura. Claro, como durante años casi no la usaba..."
Cuelgamuros se llamaba en 1940 la extensa finca de la sierra de Guadarrama --a 60 kilómetros de Madrid, cerca de El Escorial-- elegida por Francisco Franco para construir su faraónica tumba. El hecho de que permanezca intacto el más grandioso homenaje al dictador añade saña a la condena que sufrieron los presos que levantaron el monumento a su verdugo.
Nicolás Sánchez-Albornoz (Madrid, 1929) se niega a volver a pisar el Valle de los Caídos. Jamás pronuncia el topónimo franquista. A pesar de vivir desde 1991 a sólo 60 kilómetros del lugar, la curiosidad no le ha llevado a esa zona de la sierra de Guadarrama. "Nunca me ha atrapado el síndrome de Estocolmo", zanja este historiador, que protagonizó una de las aventuras más sonadas de aquel campo de trabajos forzados. El final feliz de su fuga, en agosto de 1948, y lo estrambótico de las circunstancias que la rodearon inspiraron a Fernando Colomo para inmortalizarlas en la película Los años Bárbaros, en 1998.
Nicolás, como Tario, tiene el recuerdo nítido de su paso por aquel destacamento penitenciario, alimentado con las precisiones de quien no quiere olvidar y hace de la historia su profesión. Liberado por edad y por categoría intelectual de toda corrección fingida, el viejo historiador expone sus propuestas de futuro para el mausoleo. "Visitaría ese lugar si previamente se instala un urinario sobre la tumba del dictador para poder orinar en él", sostiene impasible el expresidiario de 76 años.

Le service d'audio-guide qui peut être loué pour deux euros afin de jouir d'une visite commentée ne fait pas mention des prisonniers qui édifièrent l'ouvrage.

Museo de la dictadura
O apunta a la inauguración de un "gran garaje" en la cripta, "dada la profundidad del túnel". Sin dejar de recurrir al humor, el que Tario Rubio, hace 65 años, junto a tres compañeros republicanos. Foto: JON BARANDICAfuera director del Instituto Cervantes previene de los "riesgos ecológicos" que podría provocar "dinamitar ese mamotreto", aunque reconoce que verlo desaparecer sería un placer. Ya en serio, saluda su posible reconversión en un museo de la dictadura franquista como la salida que satisfaría plenamente sus expectativas.
Nadie acierta a dar datos exactos sobre cuántos hombres dejaron la vida en las obras de construcción de Cuelgamuros. Además de la veintena que reconocen diversos historiadores, cientos de republicanos presos enfermaron o agotaron sus fuerzas de tanto picar a mano el granito de la sierra de Guadarrama para abrir la carretera de acceso a la actual basílica.
261 metros de túnel --horadado en la roca conocida como el Risco de la Nava-- conducen a la tumba del dictador que rigió "los destinos de España" desde 1939 hasta su muerte, en 1975. A punto de cumplirse el 30° aniversario del óbito y tras 28 años de democracia, el mausoleo sigue tal como lo dejó el dictador. Ni la más mínima referencia informa al visitante del carácter de campo de concentración que tuvo la obra. El servicio de audio-guía que se puede alquilar por dos euros para realizar una visita comentada no menciona a los presos. Y ninguna placa se refiere a ellos. De hecho, las únicas que hay recuerdan que "Francisco Franco, caudillo de España, patrono y fundador" inauguró el monumento el 1 de abril de 1959, para conmemorar el 20° aniversario de su victoria; y que en ese mausoleo reposan los restos de "los caídos por Dios y por España".
El dictador dejó escritas sus intenciones sobre el mausoleo en el decreto del 1 de abril de 1940 que ordenó la construcción del monumento, entonces el más grande de Europa: "La dimensión de nuestra cruzada no puede quedar perpetuada por sencillos monumentos. Es necesario que las piedras que se levanten tengan la grandeza de los monumentos antiguos, que desafíen al tiempo y al olvido". Objetivo cumplido. Su memoria no ha sido mancillada por la democracia. Sus adeptos aún conmemoran su muerte cada 20 de noviembre entre esos muros. Allí el recuerdo está intacto.
Los vencidos sólo existen como tales, muchos sepultados sin nombre tras los muros del túnel de acceso. Hay 33.872 cadáveres de caídos en la cruzada enterrados en el Valle. Incluidos los de Franco y el fundador de la Falange, José Antonio Primo de Rivera, los únicos que tienen lápida. Casi 15.000 están sin identificar, lo que hace suponer que eran republicanos. En 1959 Franco decidió permitir enterramientos de rojos, siempre que quedara acreditado que eran católicos.

Acuerdo tácito
"Tenemos un acuerdo tácito con Patrimonio Nacional para no desenterrar a nadie y tampoco permitir nuevas inhumaciones", sostiene Anselmo Álvarez Navarrete, nombrado abad del Monasterio en septiembre del año pasado. Explica que sería "poco operativo" reabrir los nichos para buscar cadáveres cuando buena parte están sin identificar.Nicolás Sánchez-Albornoz en su piso de Madrid. Foto: JON BARANDICA
Es posible que descansen en el Valle muchos de los que buscan las asociaciones para la recuperación de la memoria histórica, que desentierran fosas comunes desde hace unos años sin ningún tipo de ayuda pública. El abad parece lamentar que no se aproveche el espacio del mausoleo, cuando "hay sitio para otros 40.000". E informa de que aún hoy hay "alguna que otra petición de enterramiento", generalmente de "viudas de caídos" que desean "reposar junto a su deudo".
A Nicolás Sánchez-Albornoz le indigna que ni el abad ni los 25 benedictinos que rigen el colegio y la escolanía de voces blancas --con 60 alumnos-- "esté haciendo las maletas". Pero es que hasta el fondo de la cripta no han llegado los ecos de cambio que soplan desde la Moncloa. El último 20-N, apenas dos meses después de ser nombrado, el abad invitó al Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero --sin mencionarlo-- a desistir de su intento de restituir la memoria vejada de los vencidos. "No enfrentéis de nuevo unos contra otros, no abráis nuevas heridas en la convivencia pacífica de los españoles. No levantéis nuevas trincheras, ni desatéis vientos que presagian tempestades. No esgrimáis los argumentos de la guerra cuando se os han acabado las ideas y las utopías".

Régimen de semiesclavitud
La actual guía oficial del Valle de los Caídos, editada por Patrimonio Nacional, que se vende a laTario Rubio en su casa de Barcelona. Foto: JON BARANDICA entrada por 7 euros, tampoco está escrita para remover las conciencias. Dedica apenas una frase entre 60 páginas al asunto de los presidiarios constructores. Y su reflejo de la historia no es precisamente objetivo: "Los contratistas empleaban como trabajadores, pagándoles, a aquellos presos de guerra que optaban por acogerse al sistema de redención de penas por el trabajo, según el cual pudieron canjear hasta seis días de pena por uno de trabajo, aunque la regla general era de tres por dos". Esta amable visión de los hechos omite la dureza de un régimen de semiesclavitud a cuya negación contribuye la expresión "pagándoles". La realidad, según el historiador aragonés Javier Rodrigo, especialista en campos de concentración del franquismo, es que "los destacamentos penitenciarios" o campos de trabajos forzados, fueron utilizados "como mano de obra barata" por el franquismo para reconstruir "infraestructuras destruidas por la guerra civil" y para realizar "obras especiales", entre las que el Valle de los Caídos es "la más emblemática". Rodrigo, que acaba de publicar Cautivos, campos de concentración en la España franquista (Crítica), recuerda que el "invento" de la redención de penas por trabajo se le ocurrió al jesuita Pérez del Pulgar en 1938. Otra muestra de la alianza entre poder y catolicismo en la España de la época. El decreto que crea el Patronato de Redención de Penas por Trabajo establecía: "Es justo que los presos ayuden con su trabajo a la reconstrucción de los daños a los que contribuyeron con su cooperación en la revolución marxista".
En 1939, on comptait 200.000 prisonniers, soit 10% de la population active espagnole, incarcérés dans des prisons dont la capacité maximale n'atteignait pas 40.000 places.



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Una vez condenados por un tribunal militar, los presos eran hacinados en cárceles que habían superado con creces su capacidad. En 1939 había 200.000 presos, casi el 10% de la población activa española, en prisiones cuya capacidad máxima no superaba las 40.000 plazas.

La redención de penas por trabajo permitió al franquismo matar dos pájaros de un tiro. Por un lado aliviaba el hacinamiento de las prisiones y por otro surtía al régimen de mano de obra que le reportaba beneficios económicos. Un condenado político era alquilado en el año 1948 a las empresas que construían el mausoleo de Cuelgamuros (Construcciones Molan, Constructora Banús y San Román) por 10,5 pesetas diarias. La compañía pagaba encantada ese precio al Estado, porque se ahorraba un tercio del jornal de un trabajador libre (unas 16 pesetas) y tenía la certeza de que todos cumplirían su cometido durante las 10 horas de jornada.

"La magnanimidad del régimen de Franco se traducía en ingresar 50 céntimos de esas 10,5 pesetas diarias en una cartilla a nombre del prisionero, que éste cobraría en caso de lograr superar con vida su condena", relata Sánchez-Albornoz, que sabe del asunto de primera mano. Él fue destinado a las oficinas cuando llegó al Valle desde la prisión de Carabanchel (Madrid). Su condición de universitario le capacitaba para un puesto que le sirvió después para documentar con pruebas su relato histórico.

Dinero para el Estado

El salario del encarcelado servía de disculpa para evitar que el régimen de los trabajadores fuera considerado esclavitud, aunque las posibilidades de ser criticado por ello eran prácticamente nulas. Con las 10 pesetas restantes, el franquismo sufragaba los gastos de manutención del propio preso (estimados en 5 pesetas diarias) y se embolsaba el resto. Es decir, que los presos no sólo pusieron la fuerza bruta, sino que sufragaron buena parte de la obra.

Para construir la Santa Cruz del Valle de los Caídos --como se denominó al monumento desde su conversión en Basílica el 23 de agosto de 1957-- se utilizaron tres batallones de presidiarios en múltiples oleadas de entre 500 y 1.000 hombres durante 19 años. El primer batallón construía la carretera de acceso. Era el destino más duro. Con la única tecnología del pico y la pala los republicanos condenados allí removieron miles de toneladas de piedra y roca y adoquinaron a mano seis kilómetros de vía. En ese destacamento trabajó Tario Rubio.

Aún tiene nítidamente grabados en su piel los 6 grados bajo cero que sufrían en invierno y los 38 que se alcanzaban en verano. Y también rememora sus actos de militancia incluso "en aquel infierno". Con pequeños sabotajes, mantenían viva la lucha incluso durante la condena. "Cuando los guardas se descuidaban, nos meábamos en la dinamita. Para que no explotara".


Caídos por la dinamita

El segundo destacamento horadaba la roca con esa dinamita. En él trabajaban presos especializados en el manejo de explosivos, previo estudio detallado por parte de las autoridades de su "integridad". "Caían cuatro o cinco diarios", recordaba otro antiguo preso político, Lorenzo Alberca, hace 18 meses en una entrevista para el documental norteamericano La memoria vaga, de la historiadora Katie Kalper. Alberca murió hace un mes en su residencia de Madrigueras (Albacete).

El tercer grupo de presidiarios contruía el monasterio y la abadía actuales. En él cumplió condena Sánchez-Albornoz por dirigir la Federación de Estudiantes Universitarios (FEU). Apenas estuvo cuatro meses en Cuelgamuros. Un domingo de agosto se largó junto a Manuel Lamana y, tras una peripecia muy cinematográfica, logró pasar a Francia. Ambos compartían "barracón, chinches y colchones de paja" con el teniente rojo Francisco Vera, derrotado ahora por una trombosis en Navalmoral de la Mata (Cáceres).

Vera reconoció a Sánchez-Albornoz cuando fue nombrado director del Instituto Cervantes en 1991. La relevancia pública del excompañero convicto propició el encuentro. Desde entonces han mantenido contactos anuales hasta la reciente trombosis del exteniente. Tario se presentó a Sánchez-Albornoz durante unas jornadas sobre campos de concentración franquistas celebradas en Barcelona en el 2003. Ninguno de ellos conoce a Elías Borbolla Sánchez, cantero cántabro que también construyó Cuelgamuros en un batallón de trabajadores. Es el cuarto superviviente. Pero a sus 92 años ha perdido la capacidad de recordar.

"El pozo de la memoria se agota. Muy pronto, los historiadores sólo contarán con documentos y no con testimonios directos de los protagonistas para relatar la historia", alerta Sánchez-Albornoz. Queda poco tiempo. El Gobierno prepara una propuesta para restituir la memoria y la dignidad a los vencidos en la guerra. Pretende presentarla en junio al Congreso de los Diputados, tras escuchar y ordenar las sugerencias de más de 35 asociaciones. Quizás decidan que el Valle de los Caídos sea otra cosa. Puede que el cambio llegue demasiado tarde.

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